3. Olor, amor y justicia

Hace varios años, un conocido mío, se reunió en una comisión en Nueva York con la madre Teresa de Calcuta y, en un momento determinado, esta persona, le preguntó a ella: ¿usted por qué no se ha casado, por qué no ha creado una familia o por qué no ha tenido hijos? La respuesta de ella fue muy sincrética: “porque no podía basar mi amor en tres o cuatro personas, sino que, desde los 12 años, tuve muy claro que debía dar mi amor a toda la humanidad”.
La respuesta de la Madre Teresa de Calcuta, bajo mi punto de vista, se ubica claramente en el deber de amar como criterio moral: la intención de la acción reside en un aspecto de universalizar un sentimiento que, desde el punto de vista biológico o psicológico, los humanos lo desembocan en la familia, a través de una pareja, o unos hijos.
Al leer el artículo del Prof. Nubiola, me quedé reflexionando sobre una de las citas que se exponen en el mismo: “las cuestiones éticas y sociales no han de quedar sustraídas a la razón humana para ser transferidas a instancias religiosas o a otras autoridades; la aplicación de la inteligencia a los problemas morales es en sí misma una obligación moral”. No obstante, me pregunto: ¿dónde enclavamos el amor del que nos habla la Madre Teresa en este ámbito? A la cuestión anterior de John Dewey, añadiría algo más: pienso que deberíamos trasladar el amor, entendido como comprensión y no como sentimiento, al debate presente.
Tal y como se expone en el artículo, se puede hallar una similitud entre los conceptos de verdad y justicia, pues con ellos es imposible improvisar. Para Platón, por ejemplo, ambos forman parte de la idea de lo bueno. Por ello, intentar alejar lo uno de lo otro no es más que un desafine.
Si uno tiene la posibilidad de acceder a una sala de un juicio, se dará cuenta de que los criminales huelen mal. No por un efecto corporal, sino por el embrutecimiento al que han estado sometidos, en el ambiente y en el espacio. No obstante, en sus ojos y miradas, abatidas por la sociedad, podemos observar una petición de justicia. Esa fragancia que despierta el sentimiento de equilibrio y fraternidad humana; por otro lado, las partes, están impregnadas de un perfume de rosas, quizás porque el entorno donde se criaron fue completamente distinto al del criminal, sentado en el banquillo de los acusados. En cambio el juez, con mirada irónica, aspira a un perfume de lirios que nunca conseguirá, porque frecuentemente las sentencias suelen ser dolorosas; y la condena, aunque sea al criminal más cruel, siempre carece de justicia, de solidaridad, y en definitiva, de amor al prójimo.
El hedor asqueroso corroe toda la sala llamada de justicia, por eso puedo afirmar que la justicia sin amor es una injusticia, la sentencia como castigo es podredumbre, la sentencia como último fin solo puede aspirar a impregnar de gotas de rocío amorosas que caen en el alma del justiciable, porque en definitiva, todos somos acusadores y acusados, jueces y víctimas, defensores y traicioneros.
Verdad y justicia pueden ser expresados como referentes femeninos, ambos liberadores, en forma de unidad, como aquello que nos entregamos los unos a los otros para forjar relaciones significativas, como expresión simbólica transformadora, donde el camino invita al sendero, al caminante le duele, y camina solo, y está triste, y tiene pesadumbre y dolor; pero ese caminante, que sigue caminando, al final llega a la orilla, a la orilla del mar, donde le es ofrecida la verdad y la pureza simple de la vida. Lo único que puede hacer el ser humano, a pesar de todo, del dolor y la tristeza, de la pena y la desgracia, es “vivir la vida, viviéndola”.

Joaquín Oliver Vermeulen.



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